Hay una experiencia que casi todo el mundo reconoce: después de una tarde de reuniones, correos y pantallas, salir a un parque o mirar un rato por la ventana a unos árboles “despeja la cabeza”. Durante mucho tiempo se consideró una sensación subjetiva sin más. Desde finales de los años ochenta, la psicología ambiental y la neurociencia le han puesto nombre, mecanismo y cifras. Esta semana explicamos qué ocurre en el cerebro cuando miramos naturaleza, por qué reduce el estrés y recarga la atención, y qué significa eso para el diseño biofílico de un interior.
Dos teorías que se complementan
La ciencia del contacto con la naturaleza descansa sobre dos marcos que llevan cuarenta años acumulando evidencia.
La teoría de la reducción del estrés de Roger Ulrich (1991), que ya contamos al hablar de su estudio de 1984, describe una respuesta afectiva rápida e inconsciente: ante una escena natural no amenazante, el sistema nervioso baja la activación en segundos. Se mide en presión arterial, tensión muscular y conductancia de la piel.
La teoría de la restauración de la atención de Rachel y Stephen Kaplan (1989), de la Universidad de Michigan, describe otra cosa: cómo se recupera la capacidad de concentrarse. Los Kaplan distinguen dos tipos de atención. La atención dirigida es la que usamos para trabajar, leer o conducir: requiere esfuerzo, se agota con el uso y, cuando se agota, aparecen la irritabilidad, los errores y la dificultad para decidir. La fascinación blanda es la atención sin esfuerzo que captan las nubes, el agua, las hojas que se mueven o la textura de un musgo. Mientras la fascinación blanda está activa, la atención dirigida descansa y se recarga.
Para que un entorno sea restaurador, los Kaplan describen cuatro cualidades: sensación de alejamiento de la rutina, extensión (un mundo con coherencia propia), fascinación y compatibilidad con lo que uno quiere hacer. La naturaleza las reúne mejor que cualquier otro entorno.
El paseo que mejoró la memoria un 20 %
En 2008, Marc Berman, John Jonides y Stephen Kaplan publicaron en Psychological Science un experimento sencillo y muy citado. Pidieron a un grupo de estudiantes que realizaran una tarea exigente de memoria (repetir series de números hacia atrás) y después los enviaron a dar un paseo de unos 50 minutos. La mitad caminó por el arboreto de Ann Arbor; la otra mitad, por el centro de la ciudad. A la vuelta repitieron la tarea.
Los que habían paseado entre árboles mejoraron su rendimiento en la prueba de memoria alrededor de un 20 %; los que habían caminado por la ciudad, prácticamente nada. Y un detalle importante: el efecto se mantuvo en invierno, con frío y sin hojas, y también cuando en un segundo experimento sustituyeron el paseo por mirar fotografías de naturaleza durante diez minutos. Lo restaurador no era el ejercicio ni el buen tiempo: era la naturaleza como estímulo.
Stanford y la rumiación
En 2015, Gregory Bratman y su equipo en Stanford dieron un paso más y miraron directamente al cerebro. Publicaron en PNAS un estudio en el que 38 personas dieron un paseo de 90 minutos, la mitad por una zona natural cercana al campus y la otra mitad junto a una avenida de mucho tráfico. Antes y después midieron la rumiación (el patrón de pensamiento repetitivo y negativo sobre uno mismo, vinculado a la depresión) y la actividad de la corteza prefrontal subgenual, una región asociada a ese patrón.
El grupo que caminó por la naturaleza mostró menos rumiación y menor actividad en esa región cerebral. El grupo urbano, ningún cambio. Es una de las primeras evidencias neurológicas de que el contacto con la naturaleza modifica de forma medible los circuitos vinculados al estado de ánimo.
“La experiencia de naturaleza puede ser una vía accesible para reducir el riesgo de enfermedad mental en un mundo cada vez más urbano.” Bratman et al., PNAS, 2015.
Qué es lo que mira el cerebro
Una pregunta lógica es qué tiene de especial una escena natural. Parte de la respuesta está en su estructura. El físico Richard Taylor, de la Universidad de Oregón, lleva años estudiando los fractales: patrones que se repiten a distintas escalas, como las ramas de un árbol, las nubes o las costas. Sus mediciones muestran que los fractales de dimensión media (entre 1,3 y 1,5, la que tienen la mayoría de paisajes naturales) producen una respuesta de relajación medible en la conductancia de la piel y en el EEG, y que el sistema visual los procesa con facilidad.
Esto importa para el diseño de interiores porque explica por qué una textura natural real (un muro de musgo con cientos de piezas de distintos tamaños y verdes) tiene un efecto que no consigue una superficie lisa de color verde ni una fotografía de baja resolución. La complejidad ordenada es lo que el cerebro busca.
Lo que significa para un interior
Casi todos estos estudios se hicieron al aire libre o con imágenes. La pregunta práctica es cuánto de ese efecto puede trasladarse a un espacio cerrado. La evidencia sobre plantas, murales verdes y ventanas dice que una parte importante sí, con tres condiciones:
- Que sea real. Las texturas y colores de la vegetación auténtica, viva o preservada, tienen la complejidad fractal que las imitaciones no reproducen.
- Que esté en el plano de la mirada. El efecto de fascinación blanda solo se produce si algo verde entra en el campo visual sin buscarlo: frente al escritorio, frente al sillón, frente a la cama.
- Que se pueda mirar sin esfuerzo. Los microdescansos de 40 segundos que midió la Universidad de Melbourne funcionan precisamente porque no exigen nada.
Un cuadro de musgo y liquen preservados cumple las tres condiciones en un dormitorio, un despacho o una sala de espera, y lo hace sin las exigencias de una planta viva. Es la razón por la que lo recomendamos como pieza única frente al lugar donde se pasa más tiempo. Puedes ver los formatos para tu hogar o, para espacios de trabajo, para tu negocio.
La próxima semana comparamos con datos musgo preservado y plantas vivas: qué aporta cada uno y cuándo conviene uno u otro.
Fuentes
- Kaplan, R. y Kaplan, S. (1989). The Experience of Nature: A Psychological Perspective. Cambridge University Press.
- Kaplan, S. (1995). The restorative benefits of nature: Toward an integrative framework. Journal of Environmental Psychology, 15(3), 169–182.
- Berman, M. G., Jonides, J. y Kaplan, S. (2008). The cognitive benefits of interacting with nature. Psychological Science, 19(12), 1207–1212.
- Bratman, G. N., Hamilton, J. P., Hahn, K. S., Daily, G. C. y Gross, J. J. (2015). Nature experience reduces rumination and subgenual prefrontal cortex activation. PNAS, 112(28), 8567–8572.
- Taylor, R. P. (2006). Reduction of physiological stress using fractal art and architecture. Leonardo, 39(3), 245–251.
- Lee, K. E. et al. (2015). 40-second green roof views sustain attention. Journal of Environmental Psychology, 42, 182–189.
Las fuentes citadas son estudios revisados por pares o informes públicos. The Pots no participa en esas investigaciones.